🤔 ¿Una administración algorítmica?
Muchos trámites administrativos pueden modelarse como un sistema determinista: entradas → [algoritmo] → salida.
Una amiga pidió una ayuda pública de alquiler. Me explica, frustrada, que hubo de reunir y presentar muchos documentos, y que la resolución llevó meses. Pero que por un defecto de forma su solicitud fue rechazada y hubo de volver a la casilla de salida: presentar la subsanación, personarse de nuevo en el organismo y volver a esperar.
¡Cuánta energía perdemos, como país, en los desagües de la ineficiencia y la burocracia!
La resolución de una subvención —por ejemplo— debería ser automática e instantánea por un algoritmo de «software» que codifica los criterios objetivos de la convocatoria, toma las entradas aportadas por el solicitante y otros organismos públicos y resuelve algorítmicamente.
Solo si el solicitante recurre la resolución, debería entonces todo el expediente ser revisado por un humano, con todas las garantías.
Los criterios de muchas convocatorias son objetivos y, por lo tanto, codificables en «software». Por ejemplo:
— Ser mayor de edad
— Estar al corriente de pagos
— Tener una renta inferior a un umbral
— Tener el domicilio social en la región
Adicionalmente, ciertas circunstancias igualmente objetivables amplían la cuantía o las probabilidades de una resolución positiva. Por ejemplo:
— Pertenecer a unos colectivos tasados
— Tener una discapacidad
Si la Administración estuvise real y adecuadamente digitalizada, solicitar una ayuda como la de mi amiga sería un juego:
1️⃣ Acceder al trámite con certificado digital
2️⃣ Pulsar el botón «Solicitar ayuda»
E inmediatamente —y sin intervención humana alguna— el solicitante recibiría un mensaje confirmando o denegando su ayuda. ¿Cómo?
Tras pulsar el botón, el organismo convocante de la ayuda lanza una batería de llamadas informáticas a microservicios digitales de otros organismos:
✅ La Policía confirma que el solicitante es mayor de edad
✅ La AEAT confirma que su última declaración de la renta fue inferior al umbral y que está al corriente de pagos
✅ El Ayuntamiento confirma que está empadronado en el municipio
✅ La SS confirma que está al corriente de pagos
❌ El órgano competente de la Comunidad Autónoma responde que no tiene reconocida ninguna discapacidad
En el modelo estonio los datos los custodia el ciudadano, que confiere selectivamente acceso a cada organismo a los efectos de realizar cada comprobación.
Sí; mi ejemplo está muy simplificado. Y sí; habrá colonias humanas en Marte antes de que esto sea una realidad en España. Pero, ¿acaso no es posible una resolución algorítmica de solicitudes administrativas?
Yo no quiero que un funcionario revise manualmente las decenas de papeles que mi amiga ha presentado. Eso es lento, caro y falible. Yo preferiría que una máquina resolviera las solicitudes conforme a un conjunto de reglas publicado, implementado en un «software» de código abierto publicado y auditable por todos.
Estoy recibiendo cientos de mensajes conectándome con la iniciativa de Martín Varsavsky de poner en marcha un «DOGE español»; es decir, una auditoría ciudadana de los contratos públicos.
Aunque no doy abasto a contestar, gracias de corazón por vuestros mensajes y su tono cariñoso, positivo e ilusionante. Al tiempo, descarto participar en la iniciativa de Martín, como siempre he descartado participar en iniciativas de un signo o del contrario. Como últimamente también arrecian los mensajes animándome a implicarme en la política o en los partidos políticos —un movimiento que tampoco contemplo— he creído conveniente compartir esta reflexión explicando mis porqués.
Tal como yo lo siento, los últimos 20 años están siendo de una polarización acelerada. Las redes sociales son un ingrediente primordial de este cóctel, y no digo que ello signifique —a mi entender— que son necesariamente perniciosas.
La polarización es un choque de cosmovisiones. Es un enfrentamiento civil entre las múltiples formas de ver el mundo. La política de las últimas décadas ha catalizado y capitalizado este proceso, sabedora de que los humanos, las personas, construimos una parte de nuestra identidad proyectándola en los valores de un grupo de afines. En otras palabras: somos porque pertenecemos.
En las últimas dos décadas los partidos políticos han aprovechado y acelerado, como digo, esta naturaleza inherentemente humana, prescribiendo cada vez más no ya soluciones concretas a los problemas complejos que como país tenemos en nuestro desarrollo cotidiano sino sistemas morales. Y los medios de comunicación participan con entusiasmo de esta transformación: la política ya no es el arte y la técnica de gestionar lo público. La política ahora es un proveedor de identidades.
Pienso que la afirmación de nuestra identidad individual se asienta en un sentimiento de pertenencia a un grupo. En otras épocas era la religión la encargada de proveer este sistema de valores. Pero el espacio menguante que la religión deja está siendo, de un tiempo a esta parte, ocupado por la política. Y del mismo modo que en otro tiempo el creyente era la contraposición afirmativa del infiel y la virtud era la negación del pecado, la ideologización actual necesita también de un antagonista. «Una de las dos Españas ha de helarte el corazón».
Así es como llegamos al abismo actual de nuestra era, en el que la identidad propia se construye negando la del otro: no es quién eres lo que te define, sino qué odias lo que te construye. El resultado es ensordecedor: es este cenagal de ruido y decadencia que destruye buena parte de la energía constructiva de nuestra sociedad y lastra —o directamente impide— los intentos de avanzar.
Quienes leéis por aquí mis reflexiones y trabajos sabéis que nunca me he inmiscuido en esa reyerta de partidos políticos, siglas y cosmovisiones. Trato de dirigir mis esperanzas a un cambio en la Administración pública, no a un cambio de gobierno. Pienso que tiene más sentido cambiar la cultura que cambiar los gobernantes.
Quizá alguien tenga la tentación de tachar esta actitud mía de equidistancia, ese término de la geometría que ha saltado a la política con una connotación despectiva. Pues permitidme contestar con un poco de sorna que el álgebra y la geometría contemplan también un término con el que yo me identifico mucho más: la ortogonalidad. Y es que así es como entiendo mi personal posición: como ortogonal al plano de la pelea de bandos. Que no tiene puntos en común. Que es ajena. Que es independiente.
Y es que pienso también que somos muchos, muchos más de los que parece, los que estamos hartos de este estruendoso fragor de la batalla cultural, del choque de ideologías, de la propaganda, del proselitismo, de las consignas de un bando o del otro. Los que no queremos vernos atrapados en este choque de formas de entender el mundo. Nuestro país no es así. ¡No somos una sociedad dicotómica! No somos una sociedad dividida. Están intentando dividirnos y enfrentarnos, pero nuestro país no es así.
Podría decir mucho más sobre este tiempo que vivimos y mis razones para abstenerme automáticamente de participar en toda iniciativa, la que sea, si es susceptible de ser utilizada para enfrentarnos unos a otros y dicotomizar los complejos problemas de nuestro tiempo.
Todo mi agradecimiento a quienes seguís por aquí mi humilde camino. Todo mi respeto a Martín y a quienes discrepen de estas personales razones mías. Yo seguiré mi modesta senda intentando contribuir a mi país desde fuera de la pelea ideológica y con las únicas herramientas a mi alcance: la tecnología, la ciencia de datos y la ingeniería entendida como la búsqueda de soluciones eficientes.
❗️❗️❗️ Estoy 𝗵𝗮𝗿𝘁𝗼 de que cada vez que hablo del sindiós de la atención a la ciudadanía en la Administración pública salte —bienintencionado— un funcionario y me diga resignado:
—Es que tenemos una falta de personal tremenda.
📣 ¡𝗡𝗼! ¡No, no, no y mil veces no!
¡Contratar aún más personal solo lo pondrá peor! (Ley de Brooks)
La solución pasa porque los canales digitales funcionen mejor.
Dejadme explicarlo:
La atención a la ciudadanía es multicanal, pero no todos los canales tienen el mismo coste para la Administración, ni suponen el mismo esfuerzo para el ciudadano. De menor a mayor coste/esfuerzo:
1️⃣ Sitio web o sede electrónica
2️⃣ Correo electrónico
3️⃣ Redes sociales
4️⃣ Teléfono
5️⃣ Presencial
Véase esta lista de canales como un embudo («funnel»): cada usuario que no consiga resolver su solicitud en un nivel, saltará al de abajo. En otras palabras: si los canales digitales asíncronos (1️⃣, 2️⃣, 3️⃣) funcionan bien, los canales síncronos (4️⃣, 5️⃣) recibirán menos solicitudes.
¿Y qué está pasando ahora en muchos sitios? Que el teléfono y la atención personal con cita previa están congestionados. ¿Porque hay poco personal? ¡No! Porque los canales digitales no funcionan.
😱 ¡Hola, Ayuntamiento! Como ciudadano, estoy harto de tener que llamar por teléfono (4️⃣) o personarme (5️⃣) porque el sitio web (1️⃣) no resuelve mi consulta, nadie responde a mis correos (2️⃣) y no hay atención por redes sociales (3️⃣).
¿Veis, entonces, qué es lo que está pasando? Que nos desplazamos hacia abajo en el embudo, colapsando los canales síncronos, que son justamente los más costosos para la Administración y los que más esfuerzo requieren para el administrado.
¡Cada canal tiene su superpoder y no son intercambiables! Por ejemplo, el sitio web o la sede electrónica es el único canal de autoservicio. Es, además, un canal elástico: un pico de consultas no supone un pico de consumo de recursos de atención. Los demás canales, en cambio, son inelásticos: el coste es proporcional a la demanda. Por eso el sitio web o sede electrónica deben ser el canal preferente, y lo he puesto arriba del embudo.
Los canales síncronos requieren una persona dedicada atendiendo la consulta al otro lado del mostrador o del teléfono. Cada vez que llamo a un organismo público y consigo hablar con alguien, 𝐞𝐬𝐭𝐨𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐨𝐩𝐨𝐥𝐢𝐳𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐮𝐧 𝐫𝐞𝐜𝐮𝐫𝐬𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐄𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨 que no puede ser usado por nadie más. ¡Por eso lo pongo abajo del embudo! Porque debería de ser el último recurso. Porque es síncrono, inelástico y caro.
Otro argumento que suelo escuchar:
—Ya, pero es que a mi abuela que tiene 157 años y vive en Vega de Villafufre no la puedes obligar a hacer un trámite digital ni a enviar un correo electrónico.
Pero vamos a ver… ¡atender eficazmente los canales digitales descongestiona automáticamente los presenciales! A tu abuela la atenderán mejor en el centro de salud si los que sí empleamos los canales digitales no tenemos que llamar o acudir y hacer cola.
Por favor, difundid esto. Es de puro sentido común y me siento estúpido teniendo que escribir algo tan evidente. Pero, por lo que sea, parece que 𝐡𝐚𝐲 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐫𝐥𝐨 𝐦𝐚́𝐬. 📣
Me pasa con cierta frecuencia que entro a programar a un café de Santander y cuando voy a pagar el camarero me dice que he sido invitado.
Entonces miro sorprendido alrededor y de alguna mesa se levanta un desconocido que muy cordialmente se acerca, me saluda y me explica que sigue en estas redes lo que hago y lo agradece.
Tengo días en que me entran las dudas y no sé si estoy haciendo algo útil o toda esta pelea es en vano. A menudo temo haberme tornado ya —qué horror— el enésimo cuñado de Twitter. Pero estos sutiles gestos de cariño y humanidad disipan rápido todas esas brumas mías.
Yo querría tener grandes seguridades. Certezas absolutas; grandes verdades. Caminar seguro entre todas las zarzas. Pero no estoy absolutamente seguro de nada.
En 2020 Microsoft cambió de «master» a «main» el nombre de la rama por defecto en GitHub porque «master» —dijeron— no era «inclusivo»: el término evocaba el esclavismo y había que cambiarlo a «main», una palabra culturalmente más neutra.
Se me da bien sortear las polémicas, así que acepté el cambio y di la espalda a la tormenta, especialmente cuando arreciaron las voces que pedían rebautizar los conceptos tecnológicos esenciales:
Por aquellos años era «racista» implementar una «lista negra» o modelar una «caja negra» en un sistema. Las bases de datos en configuración «maestro y esclavo» eran supremacismo cultural, los componentes «nativos» ofendían a las comunidades aborígenes, el «webmaster» y el «postmaster» reabrían dolorosas heridas del colonialismo, hablar de «terminales tontos» era irrespetuoso con las personas con discapacidad intelectual, los conectores «macho» y «hembra» discriminaban a las minorías, los ataques MITM («man in the middle») se tornaron técnicas PITM («person in the middle») en aras de la igualdad de género… Hasta el color de los cables en los circuitos eléctricos se veía cuestionada: «¿por qué el negro es la polaridad negativa, eh?»
En la vida a menudo es sano no tener ni idea de nada y simplemente ver la tormenta en silencio, desde el confort del sofá. O dar al mundo la espalda y encerrarse uno en el mundo interior. Por aquel tiempo quedé con una chica en Madrid. Fuimos a tomar algo y a charlar. Había elecciones.
—Tú eres de izquierdas o de derechas —me preguntó.
—Yo soy de centro, de centro comercial. De Carrefour.
La web nació como un ecosistema abierto y descentralizado: conectas tu nodo y comienzas a cargar y descargar contenido. Sin pedir permiso. Sin que puedan impedirlo. Esta es la web que muchos abrazamos; una de las más fabulosas aventuras de la civilización.
En 2005 escribíamos en nuestros sitios web. Y en nuestros blogs. Y en comunidades en línea. Nos escribíamos unos a otros, y era divertido.
En 2025 la web —e internet— es un asco. Ya no escribimos para los otros y para el mundo: escribimos para los algoritmos.
🤔 El SEO llenó la web de contenido-basura dirigido a los robots¹. La mayoría de los sitios web se ha llenado de «keywords» y redundancias «para salir más arriba en Google».
🤔 La IA generativa reduce casi a cero el coste de crear contenidos prácticamente indistinguibles de los que antes elaborábamos los humanos. Y la web se está infestando rápidamente de este contenido automático.
🤔 En las plataformas como YouTube, los creadores monetizan sus vídeos seduciendo al algoritmo. ¿Y el algoritmo qué pide? «Engagement». ¿Y cómo pagan los creadores ese tributo? Con «clickbait», efectismo y sensacionalismo.
🤔 Las redes sociales nos ofrecen generosas dosis de la misma cicuta: el algoritmo determina qué recibe «reach» (alcance). ¿El incentivo? Capturar tu atención. Viralidad. Dopamina.
La web era un ecosistema abierto y descentralizado de páginas y comunidades digitales. Los blogs y sitios web personales fueron el Everest de una época.
Veinte años después, la web está sumida en una espiral autodestructiva:
⚠️ Los protocolos abiertos, como RSS, han sido fagocitados por plataformas cerradas como Facebook o 𝕏.
⚠️ La topología distribuida original, a la que cualquiera podía conectar su nodo, es reemplazada por servicios centralizados que pueden cerrar o silenciar tu cuenta.
⚠️ Y lo que sobrevive de la web está anegado de contenido escrito por máquinas (IA) o para máquinas (SEO).
¡Ya no escribimos para los demás y para el mundo! Ahora escribimos para algoritmos. Este es el signo de los tiempos.
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¹ Las arañas o «crawlers» como Googlebot, que rastrean la web y califican los sitios en función de su contenido.
Pequeñas cosas que han cambiado mi vida:
— Tener el móvil siempre en silencio. Mi teléfono no suena; solo vibra si me llaman. Con eso me basta, y así no me interrumpe. A veces dejo que se acumulen las llamadas y las devuelvo todas seguidas cuando yo quiero.
— No usar despertador. El sueño es un proceso fisiológico importante y no lo interrumpo. Hace años que me despierto de forma natural. Suelo dormir ocho horas al día.
— No tener deudas. Nunca he comprado a crédito. No gasto lo que no tengo, y eso me da una libertad profunda. Tengo poco dinero, pero lo he ganado yo y no debo nada. Mis tarjetas son de débito.
— Escribir. Es mi forma de desarrollar ideas y engarzar pensamientos. Escribo en público y en privado. Escribo cartas, en mi diario, en las redes sociales, en mi sitio web… Escribo mucho.
— No fumar, no beber alcohol y no tomar drogas. Tengo cinco sentidos para relacionarme con el mundo y no permito que ninguna sustancia adultere mi percepción de la realidad.
— Vivir con propósito. Sé hacia dónde voy, aunque alguna vez lo olvidé y a menudo siento que el camino es incómodo e incierto. Me repito con frecuencia que el viaje es más importante que el destino.
— Hacer ejercicio. Nuestras vidas son cada vez más intelectuales y sedentarias. Hago pesas, camino mucho y mantengo un peso saludable. Mens sana…
— Tener un diario. Que en realidad son dos: uno con la crónica de mis días y otro con vivencias, pensamientos y sentimientos que son importantes para mí. Escribir es reflexionar, y hacerlo me conecta con el presente.
— Adoptar el minimalismo. Tanto en mi profesión tecnológica como en mi casa he aprendido que menos es más. Cada cosa que quito aumenta el valor de las que dejo.
— Vivir en asíncrono «by default». Me concentro en una sola tarea cada vez, y evito las interrupciones teniendo solo comunicaciones asíncronas. Vivir en asíncrono me permite alinear mi trabajo con mi energía y concentrarme.
— Tener un segundo cerebro digital. Mi mente es buena conectando pensamientos e ideas, pero mala reteniéndolos. Busca en la web «second brain», «personal knowledge management», «PARA method», «digital garden»…
— Leer libros antiguos. Especialmente ensayos. Muchos de los retos del presente son reediciones de problemas conocidos desde la antigüedad. La filosofía y los clásicos me brindan una visión atemporal de la actualidad y de mi naturaleza humana.
— No separar el trabajo de la vida. Soy muy afortunado de confundir trabajo con pasión. Por ello, para mí el trabajo es un espacio de realización personal. Mi trabajo es una parte indisociable de mi personalidad, de mi instalación en el mundo.
— Aprender a entenderme. Nadie me enseñó a gestionar mis sentimientos y he tenido que aprenderlo por mi cuenta: inteligencia emocional, regulación emocional, mentalización y reflexión sobre mis estados anímicos. Escribir un diario me ayuda a entender cómo me siento.
— No llevar reloj. No tengo horarios ni tengo rutinas. Prefiero que mis días sean todos diferentes. No distingo martes de domingo porque siempre he trabajado para mí. He aprendido a abrazar la incertidumbre; me gusta más así.
— Pasar tiempo solo. Tomé un camino sin camino, apartado de la senda que la mayoría huella. He viajado mucho solo, y paso la mayor parte de mi tiempo solo. Aunque disfruto de la buena compañía, me siento bien solo.
— Entender que la atención es más valiosa que el tiempo. La divisa de nuestro tiempo es el tiempo, pero más escasa que mi tiempo es la atención. Solo puedo tener un puñado de cosas en la cabeza, y soy muy selectivo con ellas.
— No consumir diarios ni televisión. Vivimos en la era de la sobrecarga cognitiva: el ruido embota nuestra mente y nos hace confundir lo urgente con lo importante. Al igual que no como cualquier cosa, también filtro muy bien lo que alimenta mi cerebro.
— Aceptar que no tengo el timón de mi vida. Estoy trenzado contigo, con la Naturaleza y con el todo. Yo no tengo control sobre la mayoría de las cosas que me pasan. Yo solo controlo mi actitud.
Esta es mi receta. Habrá otras mejores.
Humildemente la comparto; difúndela si te inspira o ayuda.
El desastre de las inversiones públicas en digitalización es tan flagrante que salta a la vista un inevitable ciclo de vida:
1️⃣ Anuncio a bombo y platillo de una iniciativa «revolucionaria»
2️⃣ Dos años de irrelevancia quemando dinero público
3️⃣ El servicio desaparece discretamente
Es el ciclo de vida del dispendio del dinero público en «tecnoalardes» efectistas que solo sirven para una cosa: la propaganda de políticos e instituciones.
Son inversiones que duran lo que dura el dinero público. Y cuyo objetivo no es el bienestar mediante la tecnología, sino la propaganda mediante el erario. Es una perversión de principios. Es un insulto.
Las ciudades «smart» y los «marketplaces» —más de un centenar he contado— ya han alcanzado la fase 3️⃣: la fase de extinción. Ya son fósiles en las hemerotecas.
Los «metaversos» y los «destinos turísticos inteligentes», en cambio, se encuentran en fase 2️⃣: la irrelevancia que antecede a la desaparición.
Pero por cada estrella que se apaga tres nuevas se encienden en este firmamento imbécil del despropósito con el dinero de todos: son los proyectos públicos de «inteligencia artificial», ya en la fase 1️⃣ del ciclo.
¿Qué necesitamos; qué pedimos? Que renovar el DNI no sea un laberinto, que comprar un billete en la web de Renfe no sea una yincana y que los trámites digitales no te consuman la mañana. Estado del bienestar.
Y ellos, ¿qué nos dan? Metaversos que nadie ha pedido, mapas millonarios en Fortnite, páramos sensorizados y carísimas pero inútiles «apps» anunciadas con fanfarria. Bienestar del Estado.
Quiero un ministro para la Transformación Digital que sepa de lo que habla. Que utilice los ingentes recursos públicos para transformar las patéticas interfaces Administración-ciudadano. Que utilice su atalaya para denunciar y arrasar con toda esta basura que ha infectado las instituciones, caiga quien caiga. Y que no me tome por tonto.